febrero 22, 2008

El Límite de la risa


Está muy bien hablar del gozo y la risa de la vida cristiana, pero ¿acaso la Biblia no tiene nada que decir en cuanto al júbilo y la risa que están fuera de lugar? Después de todo, el apóstol Pablo nos exhorta a no tener nada que ver con «bromas groseras» (Ef. 5:4 RVA) o «vulgaridades» (VP), y Salomón, en su gran sabiduría, declaró que la casa de luto es mejor que la risa. ¿Cómo explicarlo?

Algunas de estos ejemplos se explican fácilmente. Cuando Pablo prohíbe las bromas groseras, simplemente está rechazando la clase de vulgaridad que hace referencia a funciones corporales: el humor del cuarto de baño, esa clase de humor que tanto llama la atención a niños de ocho años, o varias formas de obscenidad. La palabra griega es eutrapelia, y habla de lo indecente o indecoroso, de un humor bajo. No se refiere al humor en sí.

Ahora bien, el humor depende en gran manera de un elemento sorpresivo, y cuando alguien no es demasiado gracioso, es bastante fácil sustituir la sorpresa de un giro verbal ingenioso con el shock de un tabú violado. Este tipo de grosería nos rodea por los cuatro costados; las telecomedias constantemente optan por la risa barata con chistes sobre sexo, porque es relativamente fácil hacerlo. Si algunos tontos actúan como si todo lo cómico fuera el equivalente moral de los chistes de connotación sexual, esto debe considerarse más que nada como un problema personal.

La advertencia de Salomón es un caso más difícil. Él dice: «Mejor es ir a la casa de duelo que a la casa del banquete. Porque eso es el fin de todos los hombres, y el que vive lo tomará en serio. Mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmienda el corazón. El corazón de los sabios está en la casa de duelo, pero el corazón de los necios está en la casa del placer» (Ec. 7:2-4).

Salomón simplemente rechazó el tipo de risa que es pura espuma; es la que en la actualidad debe ser impulsada por medio de risa grabada. Todos somos demasiado perezosos como para saber cuándo hay que reírse, de manera que los pseudoexpertos del humor nos muestran cuándo tenemos que estallar en carcajadas. Nada demuestra mejor la risa de los necios que esa risa grabada.

La persona que recibe esta clase de sabiduría y se regocija, ha aprendido en la casa de luto. Esa sabiduría enseña que el hombre es mortal, y que el gozo en esta vida vana sólo puede venir como un regalo del Dios soberano. El resultado es un solemne decoro con un corazón contento.
Otra preocupación que algunos tenemos con el humor tiene que ver con una clase particular de humor: el sarcasmo o la ironía a expensas de otro. Pablo dice que toda palabra que sale de la boca debe ser para la edificación del que la oye. «Ninguna palabra obscena salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación según sea necesaria, para que imparta gracia a los que oyen» (Ef. 4:29 RVA).

El apóstol aquí prohíbe las palabras podridas o corrompidas (la palabra griega es sapros). Nuestra conversación no debe ser malsana ni perniciosa. El contraste con tal corrupción es la forma de hablar que resulta en gracia y bendición al que la oye.
El estándar para evaluar si esto está sucediendo o no es la Escritura, no un estándar del decoro conservador del siglo pasado. Medido con este último, vemos que Pablo, por cierto, no prohíbe el hablar enérgico o sarcástico, como el que él mismo demuestra en más de una oportunidad. Fue él quien expresó el deseo de que quienes estaban tan fascinados con la circuncisión llegaran hasta lo último y cortaran todo (Gá. 5:12). Fue él quien se burló de los cristianos, porque toleraban a los necios «de buena gana» y se creían tan «sabios» (2 Co. 11:19 VP). Pablo no era un maestro que daba golpes físicos, razón por la cual lo consideraban débil e intolerante (vv. 20, 21). Quienes están familiarizados con sus escritos saben que usaba esta clase de estilo ardiente tanto en la iglesia como fuera de ella, tanto con quienes odiaban a Dios como con los cristianos.

De manera que sobre aquel que discute el estándar verbal fijado y establecido para nosotros en la Escritura, debemos decir, con el respeto necesario y la preocupación por el hombre como un todo, que es un «cabeza de alcornoque».

Tomado de Credenda Agenda. Usado con permiso. Traducido por Leticia Calçada. Apuntes Pastorales, todos los derechos reservados.
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